Línea Capital

Miércoles 16
de abril de 2014
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Un tal Evo. Biografía no autorizada de Evo Morales (Fragm.)

Opinión

5 de diciembre

Por Darwin Pintos Cascán y Roberto Navia

Se transcriben a continuación, en exclusiva para Línea Capital, los capítulos 3 y 6 del libro "Biografía no autorizada de Evo Morales", escrito por los periodistas bolivianos Darwin Pintos Cascán y Roberto Navia.

Pintos Cascán es redactor del diario El Deber, de Santa Cruz de la Sierra, recibió el premio nacional de periodismo en Bolivia en 2002, fue primera mención especial del premio internacional de periodismo José Martí, de Cuba, por su trabajo sobre la revuelta boliviana de octubre de 2003, y fue premiado por la Fundación Avina por sus investigaciones periodísticas.

Navia, por su parte, es premio Lorenzo Natali de Periodismo sobre Derechos Humanos 2005, en Bélgica, y premio nacional de periodismo en Bolivia, el mismo año.

El libro será presentado en Bolivia el 15 de diciembre y por el momento no están previstas ediciones fuera de ese país.

III

LA MUERTE DE DON DIONISIO

La estrella que había brillado siempre para él, se le apagó de golpe en 1983, como si una mano sucia la hubiera derribado de una pedrada envenenada matándola para siempre.

Su padre, el hombre que le había enseñado el mundo que conocía (las blancas montañas de la cordillera, las planicies sonoras del altiplano, el misterio transpirante del calor canicular de Jujuy y el Chapare, la honradez fundamental de los hombres dignos), el hombre, (encogido sobre sí mismo como una uva pasa, vestido de camisa vieja, saco patriarcal gastado por el uso, pantalón raído, ojotas cargadas de polvo y distancias, y sombrero a lo Humphrey Bogart venido a menos), que lo había llevado de la mano en sus aventuras de hombre insatisfecho y lo había apoyado de corazón en los proyectos locos de su niñez, había muerto en una choza miserable al lado del lago Poopó sin que él, el Evo, pudiera estar a su lado. Eso el joven pelotero no lo olvidaría nunca. Y el sentimiento de culpa lo perseguiría por muchos años hasta hacerlo trastabillar con el alcohol comiéndolo por dentro (él tan arrogante, tan seguro de su poder, sonriente con el severo dedo índice blindando con acero las palabras de sus discursos), lo perseguirá hasta hacerlo llorar, hasta hacerlo llamar a su hermana a cualquier hora de la madrugada para preguntarle por qué él no estuvo con su padre a la hora de su muerte, porqué no estuvo apretándole la mano para hacerle menos amarga la despedida de esta vida para irse a la otra, a la tierra de sus antepasados.

Don Dionisio había sucumbido a su agonía, víctima de un encantamiento, de una maldición echada por un brujo que días antes había sido quemado en Orinoca por robarse la grasa del cuerpo de la gente y parece, vendérsela a los curas, según cuenta Hugo Morales. Don Dionisio, Mallku de Orinoca, había sido uno de los que habían decidido ahorcarlo y luego quemarlo, para después imponer un código de silencio que ni por san diablo sería roto por las requisas policiales, ya que la justicia comunitaria andina era más vieja en estas tierras que el código penal napoleónico.

Algo pasa en Orinoca, pareced que tu padre está enfermo o muerto

La muerte de don Dionisio fue una bomba, un cazabobos lleno de clavos y pernos reventado en el corazón para el joven cocalero que no pudo ir a enterrar a su padre por cumplir sus responsabilidades en el sindicato. Cuando reaccionó, cuando emergió de ese barro fétido que le había aturdido el entendimiento y se dio cuenta que no había sido un mal sueño (Parece que algo pasa en Orinoca con tu padre, parece que está enfermo o muerto), mandó al carajo la vida de servicio, la vida de atenciones de hombre importante que estaba aprendiendo a vivir en el sindicato y volvió sus ojos a los parientes que aún le quedaban vivos. Fue como si acabara de descubrir que el sindicato lo tendría para siempre, que los engranajes de esa maquinaria social se renovarían cada día, crecerían, serían indestructibles, imparable (como lo fueron), pero que su familia era mortal y él se los estaba perdiendo. De golpe Evo se alejó de sus cargos sindicales durantes dos largos años y se dedicó nueva e íntegramente al trabajo de su chaco familiar en Chapare y a la atención de su madre, a esas alturas ningún hijo a su lado y encima viuda reciente en Orinoca.

La mala noticia había sido primero un rumor negro un rumor que sonaba a motor descompuesto que Hugo Morales capturó en las alturas de Cochabamba, cuando alguien al pasar, como quien no quiere la cosa, le dijo que Algo pasa en Orinoca, parece que tu padre está enfermo o muerto. Sin teléfono fijo, menos celular, sin vehículos que vayan a diario a Orinoca por culpa de caminos mala gente que unían a Oruro con esa comunidad, con el Internet a 15 años de distancia de ser instalado en todo el país, no había seguridad de nada, pero era casi seguro que lo peor era cierto.

Dos semanas antes don Dionisio había dejado Chapare para ir a Orinoca a ver a su esposa, prometiendo que volvería. No lo haría más. Llegó a Orinoca, se despidió de su mujer y se murió (quizá preguntando el más querido de sus hijos, el Evo, en los momentos del delirio previos a la muerte.

Debido a que los camiones destartalados que salen de Oruro a Orinoca (unos mercedes viejísimos que siguen andando gracias a a que son alemanes) sólo hacen la ruta los jueves y los domingos, Evo y Hugo llegaron a su tierra natal dos días después del entierro de don Dionisio. Su hermana Esther y su madre lo habían enterrado solas, en pleno altiplano, con apenas una lápida de cemento y piedra pelona coronada por una cruz negra congelada de frío. Ninguno de los dos hijos pudo despedirse del patriarca y eso, ese Adios Papá ¿me quieres decir algo antes de irte?, pues yo quiero decirte que… les revolotearía en las entrañas con alas de mariposa negra, les comería el corazón durante mucho, mucho tiempo.

Si bien los dos muchachos no pudieron estar (Hugo se deslomaba trabajando el terreno familiar en Chapare), la gente del pueblo lloró por ellos. La gente de Orinoca lloró por sí misma, y por todos aquellos que quisieron al patriarca y no pudieron llorarlo antes del entierro. Dionisios Morales había sido un líder comunitario solidario respetado por todos cuanto lo conocían.

La vieja fórmula: Alcohol para olvidar

Cuando Evo volvió a Chapare vomitando bilis de dolor, tratando de encontrar el modo de vivir en este mundo tan diferente ahora que no estaba el hombre que se lo había enseñado, se escondió de sí mismo y por varios días en el bar La Gaviota, (que ya se cerró en Villa 14 de Septiembre) a beber cerveza, llorar y dormirse de borracho sobre la mesa o bajo ella sin molestar a nadie. Hugo iba a recoger los restos de su hermano desbaratado por la angustia, a pagar las cuentas que por dormido o borracho Evo no podía pagar y a pedirle que ya no beba.

Desde entonces la relación entre los dos hermanos fue más parca, casi distante (vivían en la misma casa en Chapare pero no se prestaban ni una camisa), y si bien en la niñez habían jugado juntos al fútbol y habían leído libros de Mao Tse a escondidas de los grandes, en la adultez se fueron separando cada vez más. Aún cuando Hugo siguió a su hermano en el proyecto político del que ambos serían parte en el futuro (el MAS), a raíz de ese proyecto, las diferencias entre ellos se harían más profundas al punto de no dirigirse la palabra.

Esther, que ha sufrido la separación de estos dos Morales, también fue testigo y partícipe del dolor por la pérdida del patriarca. Pero después, cuando la vejez se llevó también a doña María Ayma en 1992, Evo, que había llorado en la intimidad por sentirse tan solo después de la muerte de su padre, ya no pudo aguantar la podredumbre que sentía en el pecho y empezó a llamar a su hermana ebrio y llorando, para lamentarse, para sacarse del cuerpo el dolor que lo mordía por dentro por no haber estado con ninguno de sus dos padres al momento de morir. ¿Por qué no pude estar con ellos Esther?, No sé Evo.

Pero Evo sabía por qué no pudo estar. Cuando murió su padre en 1983 estaba de dirigente en Chapare, y cuando falleció su madre, se encontraba en Europa viajando como dirigente cocalero.

Después, pasó el tiempo, y ya no lloró, ni bebió. Al menos no como antes. De ser sólo sus padres muertos, pasaron a ser los ángeles tutelares de su fe. Ambos padres serán lo más importante en la vida del Evo, al punto que a ellos pedirá consejo en los difíciles días de la presidencia. Aún antes, con una misa en pleno cementerio general de Oruro, le pedirá a su madre la victoria electoral arrasadora que al final obtuvo el 18 de diciembre de 2005. Ellos le cumplen y él lo sabe. Por eso, en horas de la madrugada, que es cuando se le ocurren la mayoría de las medidas que adopta en su gobierno, les reza, les habla, luego duerme cinco minutos, y cuando despierta, la respuesta a su pregunta ya le anda en la cabeza.

Fortaleza del padre y la practicidad de la madre

La historia de los seres que tanto extrañaba el Evo en las enormes y solitarias noches de Chapare había empezado obviamente muchos años antes de su nacimiento.

Mariano Morales, del ayllu Sullka y Warawara Choque, del ayllu

Chaillu, ambos de Orinoca, habían tenido cuatro hijos, pero el más feo, el enclenque y chiquito había sido el último de ellos: Dionisio Morales Choque.

Hombre voluntarioso y correcto que se daba el lujo de saber leer en una nación de analfabetos, Dionisio Morales Choque llegaría a ser mallku de Orinoca, pero había tenido una niñez poco feliz por la falta de cariño de su madre, que además de no quererlo, era cruel con él: lo apodaba el gusano, por chiquito y llorón.

Pero la humillación de don Dionisio no se quedaba en casa. Los vecinos, al oír a su madre que le decía gusano, empezaron a llamar de igual modo al niño sin que nadie haga nada por defenderlo. Entonces don Dionisio se dio cuenta de que tendría que ser fuerte, más de lo normal, si quería vivir. Y lo hizo.

Los hermanos de don Dionisio: Ludovico, Ricardo y Manuel, eran muy altos y corpulentos, como suelen ser algunos orureños de pura cepa con genes de minero e inglés ferroviario, por lo que doña Warawara Choque, la abuela de Evo, estaba orgullosa de su buena semilla, pero no del último, que le había salido de medio pelo, enfermizo y más de la otra vida que de esta.

De modo que ese cariño que le salía por los poros cuando se trataba de los tres mayores, no alcanzaba para el menor de los cuatro hermanos, al que la madre ignoraba y lo dejaba en el suelo de tierra, territorio de animales y parásitos mata wawas, para que sobreviva como pueda, para que viva pues si le daba la gana.

De los que tres hijos que sí existían para ella, uno se había casado, había tenido una hija y se había ido a la Guerra del Chaco, donde lo habían matado de un tiro y allá se había quedado, entre los cadáveres de otros miles de soldados bolivianos enterrados por la arena y las espinas chaqueñas. De la hija del soldado no se sabría nunca más nada. Los otros dos hijos grandes que le quedaban a los Morales Choque también se murieron sin vísperas, como golpeados por una maldición, sin mayor escándalo, de modo que el hijo que terminó enterrando a Mariano Morales y Warawara Choque, y el que perpetuó el apellido que después sería noticia mundial y engendró en una hembra 15 años mayor que él al primer presidente indígena de América Latina fue aquel al que menos quisieron, ese, el gusanito.

Después, cuando en soledad, sin familia, Dionisio tuvo la fuerza para reconstruirse a sí mismo de los cañonazos que había recibido su autoestima y se sintió con el valor de enamorarse sin atenuantes, sin temor de ser rechazado o ignorado, eligió para compañera de su vida a María Ayma Mamani, hija de Simón Ayma y de Marcela Mamani. Los apellidos se juntaron, y ahora, 47 años después, nada anda en Bolivia si no va una firma con esos dos apellidos.

Los vecinos de Orinoca cuentan que ella era 15 años mayor que don Dionisio y que para hacerse los amoríos previos a la vida en común se iban a las soledades del altiplano, que siempre ha sido tumba tranquila para muertos y secretos. Si alguien se acercaba, él, como si hubiera leído El tambor de Hojalata de Gunter Grass, se ocultaba bajo las polleras de ella, la reconocía con las manos, la esculcaba, la conocía (cosquillita para ella, risita pícara, moderate sonso). A don Dionisio le gustaban las mujeres fuertes, mayores y prácticas. Como su mamá.

Y María Ayma era práctica, mayor y fuerte. Prefería criar animales que humanos. Sus razones eran simples: Para saber si un animal morirá o vivirá, basta que pase a lo sumo un año, mientras que con los humanos nunca se sabía. Se podía invertir ocho años de la vida criando y alimentando a un niño, cuando de pronto, ¡¡zaz!! el chico se moría por algo tan simple como un resfrío o una diarrea vuelca tripas y todo el esfuerzo de criarlo sería en vano. Ella sabía de esas cuestiones, había tenido la fortaleza de parir siete veces, de soportar a tres hijos vivos, y sobre todo, de aguantar la muerte de los otros cuatro.

A veces iban los vecinos a su casa dejarles sus hijos para irse a trabajar, y ella les decía que No, que ella podía cuidar los animales que quieran pero no niños. Y es que criar niños es casi misión imposible en el altiplano. Por ejemplo, para evitar que a Evo se lo lleve la muerte con un arma tan simple como un resfrío o una infección estomacal, los peores asesinos en las áreas pobres de Bolivia, doña María peleaba por su hijo a brazo partido usando su magnifico conocimiento sobre las yerbas. No conocía la coca.

Al final de esta lucha, los hijos que le quedaron vivos a la familia Morales Ayma les resultaron tres escorpios saludables: Evo, del 26 de octubre de 1959; Esther, del 13 de noviembre de 1949 y Hugo, del 3 de noviembre de 1963.

Los chicos crecieron en esa familia tan práctica o necesitada de sobrevivir, que nunca tuvieron conciencia de cosas tan banales como la fecha de sus cumpleaños. La vida era el mayor regalo que podían tener y lo disfrutaban todos los días. Ya de grandes celebraron algún natalicio juntos, aunque eso siempre fue trabajo para Esther, por ser la única mujer. Otras veces los cumpleaños fueron olvidados por el trabajo de las campañas electorales de Evo. Quizá la única vez que Evo recibió un regalo digno de mención, fue el 26 de octubre de 2005, cuando una amiga de Oruro le regaló la chompa a rayas que Evo hizo famosa en su gira europea antes de ser posesionado. Litros de tinta corrieron por la simbología o la intención de la chompa. Lo único que logró opacar a Evo alguna vez fue la bendita chompa, cosa que ni el mismísimo Hugo Chávez, Lula da Silva o el príncipe de España pudo lograr.

VI

LAS EVAS DE EVO

Con la precisión de cirujano, el ángel de la guarda de Evo, que es su alcahuete oficial y un celestino invisible, tiene la delicada y casi patriótica tarea de silenciar con buenas artes los escándalos pasionales del Presidente, y de impedir que las lenguas chismosas digan de él que es un casanovas barato, un padrillo empedernido, un montador de avanzada y un fornicador sin remedio que sabe utilizar su sexapil presidencial y su exótica pinta de indígena rústico para enloquecer a las mujeres que caen rendidas en su pecho de toro.

Su nombre es un secreto de Estado. ¡Ay del pendejo que se atreva a revelarlo! Nadie dio la orden por escrito para no abrir la boca. Se trata de una complicidad implícita entre todos los adulones del primer mandatario para impedir que los moralistas e hipócritas de este país se atrevan a levantar insanos testimonios contra Juan Evo Morales Ayma, cuyos actos de alcoba se pueden convertir en escándalo mundial y en deliciosa golosina para sus enemigos entrañables.

“Evo tiene un hombre de oro que se encarga de cuidar sus secretos de polleras”. Lo dijo una sola vez y sin entrar en muchos detalles un ex asesor de campaña mientras arrancaba con sus dientes una aceituna de un mondadientes en una reunión concertada exclusivamente para hablar de las intimidades del primer mandatario. Estaba de paso por Santa Cruz cuando arrojó ese dato que es guardado celosamente entre los pocos allegados políticos que tienen el privilegio de enterarse de las andanzas amorosas de Evo Morales Ayma, que, según el ex asesor, es probable que haya tomado la decisión de cuidar su imagen después del escándalo que le provocó en plena campaña electoral del 2005 el juicio que le inició Francisca Alvarado (33), que a través de los estrados judiciales hizo saber que Morales la había embarazado y negado a cumplir su papel de padre: reconocer a Eva Liz, su hija que el 24 de septiembre de 1994 nació en Curaguara de Carangas, en la provincia de Sajama, frontera con Chile, y a darle una pensión para cubrir los gastos de estudios y alimentación. Como es de suponer, aquel problema de faldas fue utilizado por sus oponentes que, al igual que él, estaban interesados en colocar sus nalgas en la silla presidencial después de las elecciones nacionales del 18 de diciembre.

Ahora que es Presidente, para impedir que sus escándalos mancillen la imagen del país y evitar hacerse famoso por el tamaño y la habilidad de su verga, más que por ser el primer presidente indígena de Bolivia interesado en refundar un país lleno de pobres y desempleados, es que tomó sus precauciones y decidió confiar en un sujeto, anónimo para el resto del país, para que negocie con cualquier mujer que ose tener algo más que un buen día o una noche de amor.

El ex asesor aclara que el hombre clandestino no tiene la tarea de armarle la cama al Presidente, porque él tiene la capacidad de hacerlo solo, sino, el de impedir que sus banquetes deliciosos dejen migas esparcidas en la mesa del amor, puesto que, aunque pocos lo crean, Evo no necesita regalar ramos de flores para tirarse a buenas hembras. “Muchas mujeres lo ven simpático y admiran su porte viril de hombre altiplánico, reconocen que tiene unas piernas de Ronaldhiño y unos gruesos hombros de amante de primer mundo”.

Esther Morales, la hermana del Presidente, con sus 57 años de vida y un diente de oro, recuerda que cuando Evo empezó a hacerse hombrecito, jamás demostró timidez por las mujeres, por el contrario, dice que era entrador y que se tejían tantos cuentos sobre sus relaciones amorosas pero que a la familia nunca le presentó formalmente a nadie como su novia.

Esther no miente. El mismo Evo suelta sorpresivamente en algunos de sus discursos varios datos que demuestran que además del fútbol, la conquista de mujeres era otro de sus deportes favoritos. Después de haber ganado la presidencia en la urnas, él y su vicepresidente, Álvaro García Linera, viajaron a Villa 14, el corazón de Chapare, para festejar el generoso triunfo que le dio el 54% de los bolivianos que votaron el 18 de diciembre de 2005. En pleno discurso, desde la tarima donde se encontraba dando su perorata, divisó entre la campesinada que lo aclamaba como si fuera su redentor, a un tal Patricio, y lo saludó efusivamente aclarando que el nombre de su amigo al que se dirigía en verdad no se llamaba Patricio, sino que le decía eso porque era su competidor más fuerte que estaba tras el culito de la Patricia, una de las muchachas más hermosas que cuando él era un muchacho hacía suspirar a los afiebrados adolescentes que, alterados por la furia del sol que quemaba más fuerte en Chapare, empezaban a deflorar más temprano sus apetitos sexuales.

Aquella no fue la única vez en que el Presidente exitó a su masa, a sus miles de seguidores sin parangón que tiene en esa selva tropical donde hizo sus mejores armas para luchar a capa y espada en la arena política nacional. A principios de 2006 acudió a Villa Tunari para inaugurar un hospital de segundo nivel. Aquella vez, un grupo de enfermeras entradas en edad que se habían instalado a un costado del palco desde donde Morales le hablaba al público, empezaron a gritar su nombre: ¡Evo, Evo! El mandatario las miró y emocionado dijo: “Un gran saludo para mis suegras”. Minutos después, cuando estaba hablando de las frutas que se producen dentro del programa de Desarrollo Alternativo, volvió a referirse a ellas, y les dijo que cuando él dijo que la banana es buena para la salud, no lleguen a pensar que se está refiriendo a la otra banana, (a la del hombre).

A Evo lo recuerdan también en otros escenarios. Las putas de Chapare no tienen buen concepto de él. Las más antiguas de los baldes rojos, que eran las capitales oficiales del placer mientras en el interior de aquel bosque húmedo los cocaleros y los militares se sacaron la madre por casi 20 años, han hecho correr la voz de que es tacaño, incapaz de comprar cerveza ni siquiera para él, peor para ellas. Por eso, cuenta Katita, (ese es su nombre artístico), una de las trabajadoras sexuales de mayor trayectoria en el rubro, que cuando lo veían llegar con su caminar de play boy empírico, a veces con su pantaloncito jean de varios días y su chamarrita azul de todos los tiempos, las trabajadoras sexuales se hacían las que no lo veían, esquivándolo porque sabían que no era un cliente de billetera blanda y que regateaba hasta lo último el precio de un polvo escupido con escaso romance en esas cuevas pequeñas construidas en fila india, donde apenas había campo para un catre de una plaza, y una silla enana que servía para colocar un balde con agua para que el hombre se lave sus intimidades después del acto amatorio que se ejecutaba en un dos por tres.

Es que Evo tenía motivos serios para regatear el servicio de las prostitutas: a pesar de que era dirigente de los cocaleros, sus bolsillos apenas guardaban el suficiente dinero para comer y transportarse por las sendas de Chapare. Avelino Espinoza, su maestro político que vive en Villa 14, dice que en el mejor de los casos se le entregaba 20 pesos bolivianos por día cuando era declarado en comisión para cumplir compromisos relativos a los intereses de los cocaleros y que las ganancias que producía su chaco de 12 hectáreas que aún posee en la comunidad de San Francisco, donde tenía plantaciones de coca y frutas cítricas, eran enviadas a Orinoca, por lo menos hasta 1990, cuando su madre María Ayma Mamani aún estaba viva.

Pero así como es mujeriego, es un tipo sin suerte en el amor, según su maestro político y compañero de lucha sindical, Avelino Espinoza, un hombre alto y avanzado en edad (67), que vive en Chapare desde sus 17 años, y que asegura haber conocido a Evo en las buenas y en las malas. Eso quiere decir que así como lo vio herido y llorando cuando los policías y militares, allá por la década de los 90 y comienzos de nuevo siglo XXI, tenían la maldita maña de agarrar a patadas y a balazos a los campesinos que intentaban impedir la erradicación de la coca que ordenaba la embajada de EEUU, también lo vio contento en algunos amoríos, pero que por lo general después lo dejaban con los huevos rotos. “El Evo para todo ha tenido suerte, menos para el amor”, sentencia Avelino Espinoza desde su casa de madera de dos plantas que tiene a un kilómetro antes de llegar a Villa 14. Es que el hombre que estrechó en su regazo a varias mujeres aún no ha conseguido quedarse con una. El mismo Avelino recuerda que la relación entre Evo y su sobrina Marisol Paredes no fue consumada en matrimonio a pesar de que ambos tuvieron un hijo: Alvarito, de 12 años, que el 2005 se graduó de quinto de primaria de la escuela Domingo Savio de la ciudad de Cochabamba. Desde que el niño ingresó a ese centro educativo, algunos de sus administradores aseguran que no han visto a Evo Morales por la institución y que Marisol Paredes pidió a varios profesores que no den datos sobre la relación entre padre e hijo.

Mientras Evo estuvo con Marisol Paredes, enamoraba con Francisca Alvarado, a la que también embarazó. Ambas mujeres no fueron las únicas conquistas que Evo tuvo durante la primera mitad de la década de los 90. Un grupo de amigas reveló que el corazón de Morales estuvo ocupado por Evelín Ágreda, quien, enterada de que el hombre de su vida había embarazado a dos mujeres (a Francisca y a Marisol), decidió romper irrevocablemente aquella relación sin precedentes. Evelín Ágreda no quiso hablarle a Erick Ortega, periodista del periódico La Prensa, sobre aquellos viejos fantasmas. Sólo le lanzó una sonrisa cortés cuando le preguntó si ella se consideraba el gran amor del Evo Morales. Pero las amistades de la ex pareja recuerdan que ambos salían a bailar y, aclaran, que él no era bueno para esos asuntos. El Presidente confirmó que la divina providencia no le dio el talento para enloquecer a las mujeres, bailando.

A los oídos de Esther, el año pasado le habían soplado que su hermano estuvo enamorando con una mujer extranjera. ¿Parisina?, ¿española?, ¿quizá inglesa? Esther no lo sabe hasta ahora. Alguien de sus amistades que tenía acceso a la televisión por cable fue quien le pasó el calenturiento chisme: “En la tele han dicho que al Evo una gringuita lo está conquistando”. Nada más supo y tampoco intentó preguntarle a su hermano: “Evito, ¿es verdad que tu hombría está siendo probada por una mujer transnacional?” Pero si Esther no estaba enterada del asunto, el ex asesor, el que reveló sobre la existencia del celestino que le arregla sus problemas de faldas al Presidente, supo los detalles de aquel romance que tenía todos los condimentos para ser cocinado en el altar. Según el informante, ella era una suiza espigada que estaba dispuesta a casarse si es que Evo aceptaba hacer maletas para marcharse con ella. Él, le hizo una contraoferta: “Más bien quedate a vivir en Bolivia para que me ayudes a luchar contra los Leopardos (policías encargados de erradicar la coca en Chapare) que están matando a los campesinos”. Ante la negativa irrevocable, la historia de amor no prosperó y cada uno decidió seguir su camino, claro, en mundos diferentes.

El periodista argentino Martín Sivak, en un reportaje titulado Un viaje con Evo Morales, publicado en julio en la revista Play Boy, reveló que en 1995 Morales le contó que estaba enamorado y que se iba a casar. Después de tantos años, ahora que es Presidente, Sivak le preguntó qué pasó. Evo le respondió: “Fue la única vez que estuve cerca de casarme. Pero el compañero David (Choquehuanca) –que es Canciller de la República- me convenció de que no me casara. No me casé y ya no creo que me case. Además yo estoy casado con Bolivia. Yo alguna vez me dije: tanta gente me quiere, pero no me quiere una mujer (se ríe). Y eso pasaba en la década del 90. Yo proponía matrimonio y me decían: No, a vos te van a matar. Te van a meter en la cárcel”. Sivak le preguntó quién le dijo eso. Evo le respondió: “Algunas compañeras de la clase media, de la clase profesional. Y nuestras compañeras también me decían: Yo me quiero casar pero para estar todo el tiempo contigo. Y es difícil. Imaginate salir a las cinco de la mañana y la dejas ahí botada en la cama”.

Evo confirmó que 1995 fue el año en que decidió casarse con una mujer que era licenciada en pedagogía, pero que fue ella quien al final no quiso porque temía quedar viuda debido a que era evidente que la lucha por la coca le hizo ganar enemigos, que amenazaban con matarlo. “Y se acabó la relación. Somos amigos. No fue una ruptura brusca, fue conversada”, aclara Morales pero manteniendo el nombre de su ex novia en la más severa reserva. “El amor es buscar la libertad de la compañera. Si ella no quizo vivir con el temor de que me maten o me lleven a la cárcel, yo respeto mucho su decisión, su libertad. No hay mal que por bien no venga”, remata con una voz acompañada por movimientos de su cuerpo que muestran una incomodidad evidente por haber estirado demasiado la lengua para revelar los secretos de su corazón.

A pesar de que la vida sentimental del Presidente ahora tiene un blindaje protector, desde antes que asuma el mando de Bolivia se han ventilado diversas historias de color rosa que se suman a las varias declaraciones que dicen que Evo sabe disfrutar de los placeres de la carne y que en secreto le es infiel a Bolivia, a la que él considera su esposa después de haber dicho el 22 de enero de 2006, cuando juró a la presidencia, que se casaba con la nación, no con una mujer de carne y hueso, porque su agitada agenda le impediría cumplir con los deberes maritales.

A pesar de que el entorno del presidente trata de ocultar como un secreto de Estado que Nieves Soto, una cholita de 25 años que vive en Chapare, es la última amiga íntima del Presidente, la prensa boliviana ha volcado sus ojos sobre ella y no se los ha desprendido hasta encontrar algunas evidencias para especular sobre un posible romance. En uno de sus viajes que hizo Evo a comienzos de 2006 a Chapare para inaugurar la oficina de una entidad financiera (algo impensable hasta el año pasado), el diario La Razón de La Paz publicó que Nieves Soto apareció en la alcaldía de Villa Tunari, donde Morales se encontraba. “Vestía una blusa de encaje blanco y una pollera azul corta que dejaba ver sus delgados muslos. Ella llevaba varios platos de pescado, cubiertos cuidadosamente con bolsas de plástico para evitar que la lluvia tropical los mojara. Poco después, Soto desapareció del edificio, siempre con el fin de no llamar la atención. Más tarde, luego de que el Presidente cumplió su agenda, ella abordó el avión presidencial con destino a la ciudad de La Paz”.

Este informe de prensa también da cuenta que algunos dirigentes cocaleros de Eterazama, donde vive Soto, admitieron que morales conoce a los padres de ella y que antes de las elecciones nacionales ambos compartían una vivienda cuando el entonces candidato visitaba a la población. Según una fuente de Palacio de Gobierno, algunas mañanas los pasillos del edificio sienten los pasos de la joven de “pícara sonrisa” llevando personalmente el desayuno al despacho del Presidente, lo que pone en evidencia que los cuidados de Soto a Morales son evidentes.

Para evitar que su vida privada salga a la luz pública, el 2001 Evo Morales había intentado callar a la prensa nacional con una respuesta firme: “¿Quién no tiene un amor en esta vida?” Pero el tiro le salió por la culata porque el morbo aumentó más. Ante tanta insistencia, dijo que su enamorada era una compañera cocalera menor que él que lo había conquistado por su apoyo permanente en la lucha sindical, que se veían cada tres días y que él no se consideraba celoso porque tenía mucha confianza en sí mismo.

Un año después (2002), igual en Chapare, aquel lugar vestido de verde ardiente y sopado de una humedad típica de los bosques tropicales, la chismografía que empezó a tejerse sobre una supuesta relación entre Evo y Margarita Terán, una mujer de 20 años que ya había sido elegida dirigente cocalera, es ya una historia clásica de un amor que, según dicen las malas lenguas, trató de ser escondido a toda costa para no poner en riesgo la revolución cocalera que se gestaba en contra de los gobiernos de derecha y de la Casa Blanca de EEUU, puesto que no era prudente que estén hablando por ahí que mientras los miles de campesinos estaban en posición de apronte, el Evo y la Margarita anden ventilando su idilio sin pudor.

Aquel año, cuando ninguno de los chamanes, astrólogos, analistas políticos y saca suertes, que aumentaron como hongos en Bolivia desde que las crisis económicas de EEUU, Brasil y Argentina salpicó al país más pobre de América del Sur, pudo vaticinar que Evo ascendería a Presidente dentro de cuatro años, éste hacía esfuerzos para evitar tener una apariencia de un Don Juan sin remedio, de un sujeto apestado por las tantas cholitas que, al igual que los hombres, estaban entregadas en cuerpo y alma a la guerra sin cuartel que sobrellevaron en Chapare por casi dos década para evitar que los gobiernos erradiquen la hoja de coca. Una tarde ardiente de aquel 2002, uno de los más sangrientos que se registró en Chapare (murieron 15 personas, entre cocaleros y militares, según la Defensoría del Pueblo), Evo Morales estaba sentadito en la sede de los cocaleros en Villa 14, en estado de apronte, pero no desesperado, pendiente de que los policías y militares enviados por el ex dictador y presidente de Bolivia Hugo Banzer Suárez, no rompan el cerco humano de campesinos que estaban dispuesto a dar su vida en aquella guerra. Junto a Evo estaba el fotógrafo David Sapiencia, que con su natural vocecita amigable procedió a entablar una conversación atípica, (nada de muertos, ni heridos), sino, de mujeres. Sapiencia se dio cuenta de que los ojos bailarines de Evo se habían detenido en una cholita bonita que posaba, quizá sin darse cuenta, para el ahora primer mandatario de Estado. ¿Es muy linda no?, le disparó Sapiencia a Evo, en espera de que éste, en un arrebato de sinceridad le confiese que de ella, de la Margarita Terán, la cholita más regia de Chapare, está enamorado como un becerro y que, después de sus luchas sindicales, era su segundo motivo para vivir. Pero Evo le respondió con otra pregunta: ¿Te gusta?, y remató con una propuesta que aquella tarde le sonó a Sapiencia algo indecente: ¿No quieres agarrártela? Pero el fotógrafo llegó a pensar que era una estrategia pendeja que utilizaba Evo para que a través de él corra la voz, primero en Chapare y después por todo el país, que con Margarita Terán no tiene nada que ver, que las habladurías eran sólo eso, meros inventos por gente sin oficio. A decir verdad, el fotógrafo nunca los vio en una situación comprometedora, su lente de su cámara jamás pudo registrarlos haciéndose cariñitos. Fue Oscar Guaigua, un reportero de periódico que el 2002 había llegado desde Oruro a Chapare para cubrir los enfrentamientos, que una noche sin luna, como a las once o doce, los vio agarraditos de la mano, acaramelados, ocultos por la penumbra que inundaba la triste plazuela de Villa 14, esa que los días de sol se pone insoportable debido a su falta de árboles.

Lo que Evo nunca pudo ocultar fue aquella lejana relación con una ex dirigente del movimiento político Eje Pachakuti, la orureña Francisca Alvarado, una chola de polleras y de trenzas largas, tan morena como Morales y de una voz calmada, como dando a conocer que estuviera en paz consigo mismo, que después de varios años de haberse disuelto la pasión, ella le desató sus feroces truenos.

Se conocieron en 1992 en uno de los tantos curso de formación política que organizaba por todo el país el Eje Pachakuti con miras a derrotar a las oligarquía boliviana. Se siguieron viendo en congresos y ampliados sindicales. Un año después, (1993) Francisca Alvarado, que había cumplido los 19 años, se fugó de su casa de Purgajta, un pueblito remoto del altiplano, porque no aceptaba la orden de sus padres de estudiar solamente hasta tercero intermedio. En algún momento, dice, su familia la llegó a desconocer porque su hambre por salir bachiller (lo consiguió en Oruro el año 1999) no eran compatibles con la cultura de que las hijas jovencitas, mientras no se casen, tenían que estar pendientes del papá y de la mamá. Es así que se trasladó a Oruro, empezó a trabajar como reportera en una radioemisora y a viajar por todo el país, lo que le permitió ver con mayor frecuencia a su enamorado, al Evo, que la esperaba emocionado, como capitán de barco ansioso por pisar tierra firme después de un naufragio, unas veces en Chapare y otras en la ciudad de La Paz.

En 1994 quedó embarazada y Evo Morales recibió la noticia con asombro, al mes de lo ocurrido. A pesar de ello, Francisca dice que nunca llegaron a vivir juntos y que él le destrozó el corazón haciéndose el que yo no fui, el del otro viernes, el chancho rengo, al negar la paternidad. “Él es bien frío, no es sentimental. No es un hombre de familia, eso nos ha distanciado”, dijo con una voz glacial que le lastimaba su garganta como si fueran puntas afiladas de hielo.

A su hija, Francisca le puso el hombre de su padre, pero en versión mujer: Eva, y le agregó otro, también corto: Liz. “Con zeta al final”, aclara. Cuando la niña tenía cinco años, su madre denunció que Morales se negaba a reconocerla y a pasarle un monto de dinero para su manutención.

Después de siete años de juicio, el 2 de octubre del 2002, la niña fue reconocida y Evo Morales se comprometió a destinar para Eva Liz 150 dólares mensuales, una suma que para ella no es suficiente.

Mucho antes de eso, cuando la niña tenía un año y cuatro meses, Francisca recuerda que llevó a Eva Liz a La Paz, a la casa de Evo, para que él la conozca y para que la niña sienta el calor paternal. Ese había sido el único contacto entre padre e hija, hasta finales de 2005, que fue cuando Alvarado dio esta entrevista. Eva Liz sólo conocía a su papá por la televisión y, según su madre, la niña se quejaba de que Morales no la llamara nunca para saber si estaba sana o enferma. “Cuando el Evo llega a Oruro los canales de televisión lo entrevistan y mi hija, al verlo, dice: “El Evo está aquí”, no le dice papá, dice, “ese hombre no debe ser mi papá, porque si fuera mi papá, me llamaría”.

Todo ello ha influido para que Francisca Alvarado llegue a pensar que Evo no es un hombre para tener familia, porque cree que está acostumbrado a estar solo y que no le interesa si sus hijos se alimentan o no, con tal de que él esté bien. Le echa en cara que los principios humanos tienen que empezar a ser practicados desde la casa porque si no se empieza a luchar desde el núcleo familiar difícilmente se podrá pelear por otra gente, por los niños desamparados. La mujer vuelve a la carga: “Evo tiene que ser consecuente con su discurso y no hablar una cosa y después hacer otra”.

El ex asesor del Presidente, el que puso en evidencia que Evo tiene un hombre que le apaga los incendios que encienden sus pasiones, lanzó un dato que dice que podría empezar a cambiar la imagen de. Pocos días después de que Evo Morales empezó a gobernar Bolivia, cuando la adrenalina por el triunfo del 18 de diciembre seguía brotando por cada hebra de los cuerpos de los allegados al nuevo Gobierno, ingresó a Palacio una niña menuda, morena y de cabellitos negros, agarrada de la mano de una persona mayor, y subió por las gradas históricas y se metió en los angostos pasillos sin ventilación de la casa de Gobierno hasta encontrar a su padre que por aquellos días ya era noticia mundial. El ex asesor se ríe de las decenas de periodistas que emborrachados por la noticia política, a la que ellos la llaman de cruda y dura, no se percataron de que Evo Morales y Eva Liz Morales se reconciliaron cuando enero del 2006 agonizaba y en Bolivia las clases populares y los intelectuales y izquierda creían que un mecías llegaba a la Presidencia para calmarles el hambre, generar empleos y terminar con la discriminación y las injusticias.

Hace 12 años, cuando Evo aún no era la vedét de muchos países de Europa, Asia, África y América Latina y de los medios de prensa internacional, Francisca Alvarado, que entonces estaba enamorada de él, dice que escuchaba que la gente se daba cuenta de que Morales no leía ni los periódicos y no era un sujeto preparado para liderar a las masas. Por ello, tomando en cuenta que en las comunidades campesinas se fijaban en todo eso, recuerda que ella le aconsejaba, como maestra que se preocupa por su alumno más querido, que tiene que leer, que si tiene acceso a libros que aproveche. “Yo en ese tiempo pensaba que un hombre necesitaba apoyo moral, por eso le hablaba de esa manera, en algún momento él me hacía caso y leía, me decía que estaba haciendo tal cosa”. Como prueba de que ella siempre pensó que el estudio libera al ser humano, afirma con un tonito de orgullo, que salió bachiller en 1999 en Oruro y está cursando el cuarto año de Derecho en la Universidad Aquino de Bolivia.

Francisca Alvarado admite que le tiene un “odio personal” al padre de su hija, no tanto por haber negado la paternidad y haberse hecho el opa con la pensión que exige la ley. Sino porque para amedrentarla, (eso ella cree), para que desista del juicio que le estaba siguiendo a Evo y para que de una vez por todas deje de joderlo, puesto que un escándalo de faldas corría el riesgo de quitarle puntos en la campaña electoral, intentaron secuestrar a Eva Liz cuando ambas, madre e hija, estaban haciendo compras en el mercado central de Oruro.

Alvarado se atreve incluso a dar el nombre de la mujer que pretendió arrebatársela a su niña por la fuerza: “Fue Esther, la hermana de Evo la que me la quiso quitar”. Se calla unos segundos, como disfrutando el haber delatado el escondite de un prófugo, mete aire a sus pulmones y remata su ofensiva contra Evo: “Pensaban que con el intento de secuestro yo me iba a quedar sin hacer el proceso judicial, lo que querían era intimidarme, pero no lo han conseguido. Eso sí, le han hecho daño a mi hija, ella tiene una actitud contra su papá, dice: “Mi papá me ha hecho tal cosa” (se refiere al intento de secuestro). Según Alvarado, hay en algún momento en que Eva Liz no quiere ser una Morales.

Esther Morales es esquiva cuando tiene que hablar de los hijos de Evo. “Me dijeron que tiene un hijo en Cochabamba, (se refiere a Alvarito que también tiene 12 años y que vive con su madre Marisol Paredes) no lo conozco ni a el ni a la madre. He querido conocer antes, pero no hubo oportunidad”. contesta parcamente y asegura que nunca trató con su sobrino, ni siquiera con Eva Liz, que es la que vive en la misma ciudad que ella, en Oruro. Descontando que ella fuera la autora del secuestro que denunció Francisca Alvarado, afirma que sólo vio a la niña alguna vez por las calles grises de la ciudad. “Aquí también dicen que tiene una hija, pero no se. No la veo parecida a Evo. Es más morenita que yo”.

Tras haber desahogado su alma herida, revelando su cercana relación con el joven dirigente cocalero que se convirtió en Presidente, la madre de Eva Liz aclara con rigor que su odio a Evo es solamente personal, no político. ¿Qué quiere decir eso? Que votaría por Evo en las elecciones porque es mejor apoyarlo a él que a los oligarcas. “Yo siempre le digo a la gente que Morales está con el pueblo. Que si ahora no triunfamos en el gobierno, vamos a tener que esperar otros 20 años”.